TERMINADA LA NIEVE
Acercarse hasta la Sierra de Béjar es abrir las puertas a una experiencia inolvidable. Desde el Risco del Águila a Peña Negra de Becedas, por la Cuerda del Calvitero hasta la Ceja, sobre las agrestes crestas de los Canalizos, bajando a las Lagunas del Trampal o ascendiendo hasta los Dos Hermanitos, la Sierra de Béjar tiene mucho que ofrecer a quien quiera descubrir cómo es uno mismo enfrentado a la grandiosidad de la alta montaña.
Una vez que ha terminado la temporada de esquí la posibilidad de realizar rutas de senderismo o practicar la escalada se nos ofrecen como unas de las actividades más destacadas que pueden llevarse a cabo en este enclave privilegiado por la naturaleza, que, desde sus cumbres por encima de los 2.400 metros de altitud, permite contemplar un vastísimo panorama sobre la llanura salmantina.
La cumbre está en La Ceja, a 2.425 metros de altura. Junto a ella el Cerro Calvitero, 2.401 m.; el Torreón, 2.374 m.; el Termal, 2.359 m. y el Canchal Negro, 2.369 m. Que constituyen los puntos más altos de una corona de montañas que rodean las lagunas glaciares del Trampal y del Duque. Entre todos ellos Hoya Moros, Hoyo Malillo y Hoya Mayor. Riscos y vaguadas que ponen a prueba la resistencia del caminante, pero que le ofrecen a cambio paisajes inolvidables y grandiosos horizontes.
Está documentado que Unamuno fue un asiduo excursionista por la Sierra de Béjar. En su tiempo debía de ser toda una aventura venir desde Salamanca, con los medios de entonces, y ascender a las cumbres a pie o en mulo. Más atrás en la historia nos podemos imaginar la titánica labor de los carreteros al servicio del Duque de Béjar, que acarreaban y transportaban la nieve, precioso elemento hasta la invención de los sistemas artificiales de refrigeración. También desde hace siglos y aún hoy en día, los pastores de montaña conducen el ganado, sin que les detengan riscos ni majadas, para buscar el pasto que supone en el verano la recia hierba crecida cuando se retira la nieve.
El hombre y la montaña, de mil maneras, en mil circunstancias. Siempre es emocionante contemplar la dimensión que todas las cosas adquieren donde nunca se pierde el placer de saborear el aire puro, el sol picante y el viento helado. Quizá por ello, Don Miguel venía a menudo a conocer a los que allá arriba trabajan, a compartir su comida y a meditar dialogando sobre cómo se ve el mundo desde la altura.